
Sin quererlo, la joven
Tania Rosenblitt se convirtió el viernes
último en una estrella de los medios de comunicación.
Su fama se debe a que ese día, como
suele hacer cada tanto, ascendió a
un
autobús de la línea 451 que une a
Ashdod, donde reside, con
Jerusalén.
Relató la joven que subió en una de
las primeras estaciones y
se sentó
detrás del conductor. En las paradas
siguientes subieron otros
pasajeros,
en su mayoría judíos ortodoxos. Al
comienzo, uno de los
compañeros de
viaje se dirigió a ella solicitándole que se vaya al fondo
del coche.
Luego vinieron amenazas y gritos para ``convencerla”. ``
Esta línea es
nuestra.” ``Aquí las mujeres se sientan donde les
decimos”, gritaron.
Como los intentos no dieron el resultado
a que estos fanáticos están
acostumbrados, lo que vino después
es digno de una comedia de enredos,
aunque más violenta. Uno
de los pasajeros se colocó en la puerta

impidiendo
que el
conductor pueda cerrarla y eso lo obligó a llamar a la Policía.
En lugar de llevarse detenidos a los revoltosos, como lo harían las
autoridades del orden en cualquier país normal, los agentes también la
quisieron convencer de que, en bien de la concordia y la rápida
reanudación del viaje, sería mejor que se sentara atrás.
Esto tampoco la convenció y finalmente, los agentes dieron al conductor
la orden
de continuar el viaje, después que aclararon a los
fanáticos
(no encuentro otro término para calificarlo) que
estaban trasgrediendo
la ley.
Estos episodios se hicieron tan normales que, normalmente,
las mujeres
prefieren no enfrentar a los personajes violentos.
Es fácilmente
comprensible. Después de todo, ¿qué persona
normal quiere recibir
insultos en el mejor de los casos y
golpes en los otros, solamente por
sentarse en un sitio
``inapropiado” para el sexo al que pertenecen?
La acción de Tania mereció no solamente la atención de la
prensa. Los
ministros de Transporte y de Cultura la llamaron
para felicitarla por su
firmeza. El primer ministro la recordó
al abrir la sesión del gabinete
ministerial. Los ministros del
partido religioso ortodoxo Shas debieron
responder a
entrevistas en las que les preguntaron una y otra vez qué
hacen ellos cuando están en una misma sala con mujeres o
cuando, en un
acto oficial, entre los que actúan o cantan
hay mujeres.
Este episodio llegó después de un período de
efervescencia por los
constantes ataques que
sufren mujeres, particularmente religiosas pero
no solo ellas. Se conoció el caso de una a la que no
le permitieron
pronunciar unas palabras de despedida
en el funeral de su padre. Entre
los hechos insólitos
está el de hacerles caminar por una vereda especial
separada por una cortina, como se vio tiempo atrás
en Mea Shearim. Sin
duda, en esta y otras ideas
originales dejaron atrás por lejos a los
ayatollas de Irán
Como las cosas subieron de tono y tanto desde el Gobierno
como de filas
de partidos políticos y organizaciones de
defensa de derechos humanos
salieron voces protestando
por estos absurdos, seguramente habrá ahora un período
de relativa calma en este frente que amenaza, ni más
ni
menos, a las bases democráticas que los precursores
del Estado colocaron
a la cabeza de sus ideales, como la
igualdad entre
hombres y mujeres.
Los políticos y personalidades ortodoxas que hablaron en días
recientes,
se refirieron a la necesidad que el público en general
sea tolerante.
Olvidaron que la caridad bien entendida empieza
por casa. Y si tanto
hablan de tolerancia, ¿por qué no la piden
también a los integrantes de
sus comunidades? Llegó más lejos
un conocido periodista religioso.
Explicó que para él es lo
mismo. Si las mujeres quieren, pueden sentarse
en la parte
delantera del autobús. Los hombres se
sentarán en la trasera y asunto arreglado. ¡Qué disparate!
El ministro de Transporte ordenó una investigación para comprobar si el
conductor del autobús actuó conforme a la ley y exigió que también la
compañía Egged lo haga. Mientras haya líderes religiosos y políticos que
no ven en esta clase de conducta una trasgresión a las normas, el
problema seguirá existiendo.
Entre las voces moderadas estuvo la del rabino jefe, Yona Metzger.
Declaró: ``No
tenemos la autoridad de imponer nuestra doctrina
a otros.
+Este no es un país del público ortodoxo, Si queremos
que exista una
separación legítima, lo que podemos
hacer es fundar una compañía de
autobuses.”
Continuó: ``Es un sitio público. No podemos ser los
dueños de todo el
mundo. Mientras nosotros y los
ciudadanos laicos pagamos el mismo precio
para
viajar en una compañía pública
que no lleva solamente a
ortodoxos,
¿qué podemos hacer?”
En medio de las ridiculeces que la inmensa mayoría de
la población debe
soportar en bien de la convivencia, no
alcanza solamente con lo que
describimos hasta aquí.
Se supo que el ministro de Infraestructuras, Uzi
Landau,
laico, por cierto, estabaa punto de presentar un proyecto
de
ley instituyendo loque se dio en llamar ``electricidad kasher”.
No es
que alguien vaya a introducir la mano en el enchufe
y se contamine en
lugar de electrocutarse.
El asunto es más serio. Miles de familias religiosas prefieren,
durante
los días sábado y fiestas religiosas, desconectar sus
casas de la red eléctrica nacional; emplean la energía
proveniente degeneradores ``piratas” debido a que la
Compañía de Electricidad emplea judíos que,
según
la ley religiosa, tienen prohibido trabajar esos días.
Lo más insólito es que la propuesta colocaba la generación
de
electricidad bajo la supervisión del Rabinato, que debería
extender un
certificado de que, a los efectos de generar
electricidad
en los días de
descanso, la Compañía no emplea a judíos.
No sabemos
si a alguien se le
ocurrió averiguar cómo hacen judíos
ortodoxos que residen en Nueva York
o París si se
enteran que algúnjudío trabaja en la usina de
electricidad
los días sábado y cómo reaccionan allí
las autoridades si
encuentran que alguien desconecta
su casa de la red y
prende un
generador en el patio para abastecerse.
Evitar la violación del status quo
El episodio en el que estuvo envuelto Rosenblitt y el hecho
que la
iniciativa se filtró a la prensa, llevó a Landau a
dejarla en suspenso.
Afirmó que podría contener elementos que violan el
status quo existente
entre la mayoría laica y los religiosos. La intención
según el jerarca
es impedir
que la vida de miles de personas siga corriendo peligro
por
el hecho que se
conectan a fuentes de electricidad ilegales. Sobre la
posibilidad de presentar
contra ellos una demanda judicial por cometer
delitos,
no hubo ninguna
referencia. Al mismo tiempo, estoy seguro que
si un
vecino en Beer Sheva o en Naharía,
que no es ortodoxo sino que
quiere ahorrar el pago a la
Compañía de Electricidad, hace algo similar,
vendrán los
inspectores de la propia Compañía y de la municipalidad a
intimarlo si es que, para
empezar, no le imponen una fuerte multa.
Es cierto, los ciudadanos israelíes nos acostumbramos a
vivir en medio
de un torbellino. Conflictos con los vecinos,
bombardeos casi
constantes, manifestaciones en protesta
por los aumentos, son solo
algunos de los componentes de esta ruidosa receta. Los
excesos que
comete una minoría, que- dicho sea de paso-
casi no paga impuestos
mientras que vive del dinero del
Estado, en general pasan desapercibidos
y solamente salen
a luz cuando están acompañados por la tradicional
violencia
que suelen emplear, como cuando manifestaron por la
apertura
de un parque de estacionamiento en Jerusalén
durante los sábados.
Hasta que aparezca la próxima víctima de estos directos
descendientes
del hombre de las cavernas, Tania seguirá
siendo la heroína de la
película en la que vivimos.