sábado, 18 de marzo de 2017

Reflexiones sobre la Parashá Parashá Vayakhel



Torá desde Jerusalem



Parashá Vayakhel - Y reunió
Libro Shemot / Éxodo (35:1 a 38:20)
Reflexiones sobre la Parashá

"Y todo hombre cuyo corazón estaba inspirado" (Éxodo 35:21)
Imagínate llegando a una impecable planta de computadoras de alta tecnología y ofreciendo tus servicios como constructor de chips de computación.
Cada chip tiene apenas unos pocos milímetros de superficie pero contiene millones de transistores y es capaz de hacer millones de cálculos en los pocos segundos que te lleva decir: "Vengo en busca de trabajo".
Ellos te dicen: "Muy bien. ¿Qué experiencia tiene?"
Tu dices: "Ninguna.  Pero en el fondo de mi corazón yo sé que puedo construir todos los chips que necesiten".
"Aja... bueno, mire, acá dando vuelta a la calle hay una fabrica de alimentos.  ¿Por qué no prueba suerte allí?  Me parece que le va a ir mejor si fríe los "chips" de ellos, en vez de los nuestros..."
Al irse de Egipto, los Hijos de Israel habían sido esclavos en aquella tierra durante 210 años.  Las únicas habilidades que habían desarrollado en aquellos años de aprendizaje eran mezclar mortero y cargar piedras.  No precisamente el terreno de estudio más ideal para el grado extremadamente elevado de artesanía que hacía falta para la construcción del Mishkán.
¿De dónde aprendieron a ser carpinteros, bordadores, herreros, escultores y tejedores?
Y asi y todo, fueron a ver a Moshé y le dijeron: "Lo que mi amo ordene, lo haremos".  Y lo hicieron.
El Mishkán estaba a cargo de la complejísima función de unir el Cielo con la Tierra.  Pero por ser un edificio espiritual, lo único que necesitaba era el deseo de sus constructores de unirse a Hashem, y entonces Hashem, por asi decirlo, completó el resto de sus "curriculum vitae".
Cuando se trata de servir a Hashem, de ser buenos judíos y buenas personas, debemos recordar que no hace falta experiencia previa.  Lo único que se necesita es un corazón inspirado.


"Los querubines... con sus rostros el uno hacia el otro" (Éxodo 37:9)
El Mishkán y, más tarde, el Beit ha Mikdash, representaron el "casamiento" del pueblo judío con Hashem.  Los querubines que estaban tallados en la parte superior de la cubierta del Arca Sagrada eran como un barómetro que mostraba el estado de ese matrimonio.
Si habia Shalom bait, "armonía marital", entre el Creador y Su pueblo, los querubines tenían los rostros enfrentados; pero cuando el pueblo judío se descarriaba y Le era infiel a Hashem, los rostros de los querubines miraban en direcciones opuestas.
La Mishná en Avot nos dice que en Yom Kipur, cuando todo el mundo estaba parado en el patio del Beit ha Mikdash, no cabía un alfiler.  Nadie se podía mover.  Pero cuando llegaba el momento de postrarse en el rezo, habia lugar de sobra.
Lo mismo ocurre con el casamiento de un hombre y una mujer: Si la persona "se para", se para sobre su dignidad, si se para únicamente para sí mismo, si se para con orgullo y la cabeza en alto, entonces el matrimonio puede comprimirnos.  Uno no se puede ni mover.
Pero si la persona se agacha, rebajando sus intereses personales en pos de los de su cónyuge, entonces hay lugar de sobra para todos.


"...diez cortinas de lino, entrelazadas con lana turquesa, púrpura y carmesí..." (Éxodo 36:8)
¿Por qué a veces la Torá nos parece tan repetitiva?
En la parashá de esta semana, la Torá repite la detallada descripción del Mishkán y de sus accesorios que ya había hecho en la Parashat Terumá.
¿Para qué la repetición?
El Maguid de Dubno era famoso por sus mashalim (parábolas), que siempre daban en el blanco. Con una narración era capaz de ilustrar un concepto de Torá, iluminando los ojos y las mentes de todos los oyentes.
Una vez, el Gaón de Vilna le preguntó cómo hacía para narrar parábolas tan maravillosas.  El Maguid le respondió con otro mashal.
Había una vez un príncipe que ansiaba enormemente transformarse en un tirador experto.  Un día, mientras viajaba, llegó a una pequeña aldea.  Allí se llevaba a cabo una competencia de tiradores al blanco.  El príncipe advirtió que uno de los competidores tenía una precisión inigualable. Siempre daba en el centro del blanco.
El príncipe le preguntó cómo era que siempre obtenía tan buenos resultados.  Y esto fue lo que le respondió: "Pues bien: en primer lugar le apunto al árbol.  Después, una vez que la flecha se clavó en el árbol, voy corriendo y le pinto círculos alrededor".
Prosiguió el Maguid de Dubno: "Yo hago lo mismo.  Antes que nada, encuentro una historia interesante; después busco un versículo relevante o un pensamiento de Torá que se le adapte".
Algo asi fue lo que hizo Hashem cuando creó el universo.  Primero, "escribió" el mashal, que es la Torá, y después, observándola, creó el mundo.  La Torá es el anteproyecto del mundo.  Pero más que el anteproyecto del arquitecto, que no tiene vida, la Torá es la dínamo, la fuente de energía espiritual, que hace que el mundo de vueltas.
La luz fluorescente consume unos pocos vatios, mientras que el aire acondicionado necesita varios miles de vatios.
Del mismo modo, la "electricidad espiritual" de un versículo de Torá solo bastó para proveer a todas las criaturas del mar: “Que en las aguas proliferen seres vivos..." (1:20).
Sin embargo, el Mishkán, que era la  "morada" de Hashem en este mundo, necesitaba una "corriente espiritual" mucho más grande.
Por eso hacen falta tantos versículos de la Torá con referencia al Mishkán.  Cada versículo que lo describe es como un vatio más de energía.


"Todo hombre que elevó una ofrenda de oro a Hashem" (Éxodo 35:22-24)
Al hablar de los regalos de oro para el Mishkán (Santuario), la Torá emplea la expresión "todo hombre que elevó (literalmente: sacudió) una ofrenda de oro a Hashem".  Mientras que al referirse a los regalos de plata del Mishkán, dice "todo hombre que separo una porción de plata". Con respecto a esta disparidad, el Rambán comenta que los que llevaron oro fueron muchos menos que los que llevaron plata.  Cuando alguien traía oro, o bien lo sacudía él mismo o los recolectores de los regalos del Mishkán, en alabanza a su importante donación.
Cuando uno usa la tarjeta de oro para sustentar la residencia de Hashem en este mundo, tiene algo de lo qué jactarse.
(Rambán, Rabí Moshe Zauderer)
Shabat Shalom.

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