sábado, 15 de abril de 2017

Reflexiones sobre la Parashá Sheminí



Torá desde Jerusalem



Parashá Sheminí - Octavo

Libro Vayikrá / Levítico (9:1 a 11:47)
Reflexiones sobre la Parashá

"Ninguno de vosotros se impurificará con ningún ser trepador que se mueva sobre la tierra, porque Yo soy el Señor que os hizo subir de la tierra de Egipto" (Vayikrá 11:44-5)
Te detienes en la estación de gasolina, al volante de tu Ferrari Berlinetta, los guardabarros prácticamente tocando el asfalto.  Frenas y sales del auto.  La enorme bestia se sienta, esperando que le den de comer.  Le dices al empleado: "Llénala de gasolina "Baratela".  El empleado tarda en reaccionar.  Luego te mira como si fueses un asesino.  Y tiene razón.  Una máquina de avanzada necesita combustible de alto nivel.  Una máquina más simple puede mantenerse con gasolina más común.  El Pueblo Judío recibió las leyes de kashrut recién después de que fueron sacados del pozo de la esclavitud y elevados al status de reino de sacerdotes y nación santa.
La Torá suele referirse al Éxodo con la expresión "sacar de Egipto".  Sin embargo, en este caso, dice "hizo subir".  Recién después de que el Pueblo Judío subió, recién después de que fue elevado a su nuevo status, se volvió sensible al daño espiritual causado por la comida no kasher.
A partir de ahora, la comida no kasher para un judío es peor que gasolina "Baratela" en el tanque de un Ferrari.
(Rabí Simja Zissel de Kelm)


"Moshé le dijo a Aharón: 'Acércate al altar...'" (Vayikrá 9:7)
Hoy en día existen distintos deportes, tales como tirarse de la cima de una montaña atado de un hilo elástico, o volar atado a una especie de barrilete, o tirarse en paracaídas, pero abriendo el paracaídas recién cuando está por tocar suelo, o navegar por las cataratas de Niágara en un barril de cerveza; las posibilidades son muy variadas, pero todas tienen un elemento en común: hay que estar absolutamente meshugá (loco) para hacer algo semejante.
Existe una gran diferencia entre ser intrépido y estar loco de remate.
Aunque cueste creerlo, hay veces en que es ventajoso tener miedo.  Una vez, el Jafetz Jaim decidió que un alumno en particular debía tomar un puesto vacante como rabino en una comunidad alejada. El alumno no quería ir.  Le confesó al Jafetz Jaim que tenía miedo de la responsabilidad de ser la única autoridad halájica de toda una comunidad.  El Jafetz Jaim respondió: "¿Y tu crees que debería enviar a alguien que no tiene miedo?" 
A veces, tener miedo no descalifica a la persona de ser el indicado para el trabajo.  A veces, es la virtud esencial.
Moshé tuvo que decirle a Aharón: "Acércate al altar".  Rashi nos explica que Aharón tenía vergüenza y miedo de acercarse al altar.  Moshé le dijo que no tuviera miedo, porque era precisamente ese rasgo de modestia que poseía el que lo calificaba para ser el Cohén Gadol.
Cuando queremos acércanos a Di-s, para servirlo con más convicción y fidelidad, tal vez nos sintamos avergonzados por nuestros defectos, temerosos e incapaces de semejante tarea.  "¿Quién soy yo para servir a Di-s?" podríamos pensar.  Pero es precisamente ese rasgo de reconocimiento de la característica personal de temor, el que constituye un requisito indispensable para quien se postule como "la persona indicada para el trabajo".
(Deguel Majane Efraim, Rabí Mordejai Perelman)


"Y fue al octavo día..." (Vayikrá 9:1)
Cuando Moshé montó el Mishkán (Santuario), no lo montó una sola vez; lo montó ocho veces. Cada día, durante siete días, Moshé montaba el Mishkán y luego lo volvía a desmontar.  ¿Para qué hacía falta todo esto?
Respondamos a este interrogante con otra pregunta más. ¿Para qué Di-s creó el mundo?
Di-s creó el mundo para que la Shejiná, la Presencia Divina, pudiese habitar en él.  Cuando Di-s creó el mundo, la Presencia Divina se posó en la Creación.  Sin embargo, el Hombre, a través de sus actos espirituales destructivos, hizo que la Shejiná retrocediera poco a poco, hasta que volvió a subir al Séptimo Cielo.  Una vez que el mundo se hundió en este pozo espiritual llegaron siete gigantes espirituales, en siete generaciones, que lograron hacer que la Presencia Divina volviera a posarse en este mundo: Abraham, Yitzjak, Yaakov, Levi, Kehat, Amram y Moshé.
Con la entrega de la Torá en el Sinai, Di-s finalmente "descendió" a este mundo, tal como está escrito: "Y Hashem bajó al Monte Sinai".  Sin embargo, en un lapso demasiado breve, la Shejiná volvió a ascender al Séptimo Cielo tras la infidelidad del Pueblo Judío a causa del Becerro de Oro.
El proceso de curación de siete generaciones de tzadikim y el retorno concomitante de la Shejiná a este mundo se vio concretizado en la erección del Mishkán, que Moshé llevó a cabo en siete días. No obstante, inclusive después de esos siete días, que representaban las siete generaciones, la cura no fue total.  Aun era posible hacer un becerro de oro.
Recién al octavo día, cuando Moshé montó el Mishkán por octava vez, tuvo efecto la cura definitiva de aquellas enfermedades espirituales.  Y, en consecuencia, el Mishkán pudo permanecer en pie.
Esa es una de las razones por las cuales el Talmud dice: "El día que el Mishkán fue finalmente montado, Hashem sintió la misma alegría que el día en que fueron creados los Cielos y la Tierra". Porque fue en ese día que finalmente se logró el propósito para el que fue creado este mundo, "residencia" de Di-s.
(Jesed Le Abraham en Iturei Torá, Tratado Meguila 10)
Shabat Shalom.

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