| | AGUSTÍN DE HIPONA Y LA LIBERACIÓN VERDADERA |
Lc 1,1-4. 4,14-21: Él es el único que otorga esta liberación
Escucharon lo que debían, pero no lo pusieron en práctica. ¿Qué escucharon? Lo que dije: La verdad os hará libres (Jn 8,32). Os fijasteis sólo en que no sois esclavos de ningún hombre y dijisteis: Nunca hemos sido esclavos de nadie. Todo hombre, el judío y el griego, el rico y el pobre, el público y el privado, el emperador y el mendigo, todo el que comete pecado es esclavo del pecado (ib., 34). Todo, dice, el que comete pecado es esclavo del pecado. Si los hombres reconocieran su esclavitud, verían de dónde les llega la libertad. Un hombre libre cae cautivo en poder de los bárbaros y de libre se convierte en esclavo. Lo oye otro hombre compasivo, considera que tiene dinero suficiente, se constituye en redentor, se encamina a los bárbaros, les entrega el dinero y rescata al hombre. En verdad, le devolvió la libertad, sólo si le libró de la maldad.
Pero ¿quién puede esto? ¿Puede un hombre librar de la iniquidad a otro hombre? Aquel que era esclavo de los bárbaros fue rescatado por su redentor. Grande es la diferencia entre el redentor y el redimido; con todo, es posible que uno y otro sean esclavos al servicio de la matrona iniquidad. Pregunto al redimido: «¿Tienes pecado?». -«Lo tengo», responde. Pregunto ahora al redentor: «¿Tienes pecado?». -«Lo tengo», responde. Entonces, ni tú has de jactarte de haber sido redimido, ni tú has de envanecerte del título de redentor: Huid ambos al verdadero libertador. De quienes viven bajo el pecado es poco decir que son esclavos; también se les llama muertos. Lo que teme el hombre que le cause la cautividad, ya se lo ha causado la iniquidad. Por el hecho que den la impresión de que viven, ¿se equivocó quien dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos? (Mt 8,22). Así, pues, todos están muertos bajo el pecado; son esclavos muertos: muertos en cuanto esclavos y esclavos en cuanto muertos.
¿Quién, pues, libra de la muerte y de la esclavitud, sino el libre entre los muertos? ¿Quién es el libre entre los muertos, sino el que está sin pecado entre los pecadores? He aquí que viene el príncipe del mundo -dice nuestro mismo Redentor, nuestro Libertador-, he aquí que viene el príncipe del mundo y nada hallará en mí (Jn 14,30). Tiene sujetos a los que engañó, a los que sedujo, a aquellos a los que persuadió el pecado y la muerte; pero en ml no hallará nada. Ven, Señor; ven, Redentor, ven; reconózcate el cautivo, huya de ti el cautivador; sé tú mi libertador. Me halló perdido aquel en quien el diablo no halló nada de lo que él hace. El príncipe de este mundo halló en él carne; pero ¿qué carne? La carne mortal, que podía apresar, crucificar y dar muerte. Te equivocas, ¡oh seductor!, el Redentor no se engaña; te equivocas. Ves en el Señor la carne mortal, pero no carne de pecado, sino la semejanza de la carne de pecado. Pues Dios envió a su Hijo en la semejanza de la carne de pecado. Carne verdadera, carne mortal, pero no carne de pecado. Dios envió a su Hijo en la semejanza de la carne de pecado, para condenar con el pecado el pecado en la carne. Dios envió a su Hijo en la semejanza de la carne de pecado: carne, pero no carne de pecado, sino en la semejanza de la carne de pecado. ¿Con qué finalidad? Para condenar con el pecado que no existía en él el pecado en la carne, a fin de que se cumpla la justicia de la Ley en nosotros que no caminamos según la carne, sino según el espíritu (Rom 8,3-4)...
¿Qué significa, pues, ¡oh cautivador mío!, ese necio regocijo, porque mi libertador tuvo carne mortal? Examina si tuvo pecado; aprésale si hallaste en él algo tuyo. La Palabra se hizo carne (Jn 1,14). La Palabra es creadora, la carne criatura. ¿Qué tienes en ella que sea tuyo, enemigo? La Palabra es Dios, el alma humana es criatura, la carne del hombre es criatura y la carne mortal de Dios es criatura. Busca allí el pecado. Mas ¿para qué buscarlo? Habla la verdad: Vendrá el príncipe de este mundo y nada hallará en mí. No es que no haya hallado la carne; no ha hallado nada suyo, es decir, ningún pecado. Engañaste a los inocentes y los hiciste culpables. Diste muerte al inocente; hiciste perecer a quien no debías, devuelve a los que tenías sujetos. ¿Por qué exultaste momentáneamente al hallar en Cristo la carne mortal? Era una trampa para ti: fuiste capturado en el mismo lugar en que hallaste tu gozo. Donde te llenaste de gozo por haber hallado algo, allí te dueles ahora por haber perdido lo que habías adquirido.
Por tanto, hermanos, puesto que creemos en Cristo, permanezcamos en su palabra. Pues si permanecemos en su palabra, somos en verdad discípulos suyos. No sólo son discípulos suyos aquellos doce, sino todos los que permanecen en su palabra. Y conoceremos la verdad y la verdad nos hará libres, es decir, Cristo el Hijo de Dios que dijo: Yo soy la verdad (Jn 14,6). Nos hará libres, es decir, nos liberará no de los bárbaros, sino del diablo; no de la cautividad corporal, sino de la iniquidad del alma. Él es el único que otorga esta liberación. Que nadie se considere libre, para no permanecer esclavo. Nuestra alma no permanecerá en la esclavitud, puesto que cada día se nos perdonan nuestras deudas.
Sermón 134,3-4.6

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