

Umatanot Laebionim (Y regalos a los pobres)
(extraído de Maase Abot (c)Edit. Benei Sholem)
(extraído de Maase Abot (c)Edit. Benei Sholem)
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Ya el sol se ocultaba. Toda la comunidad estaba en la sinagoga, mirando al Santo Rabí Leví Itzjak, quien estaba ubicado en su lugar y su alma se elevado hacia los altos mundos pensando en temas sagrados.
De pronto, su ayudante se acercó con mucho respeto y le avisó que afuera había mujer que quería hacerle una consulta acerca de una gallina.
El Rabí, como si despertara de un largo sueño, se levantó inmediatamente y fue al encuentro de la mujer.
Cuando miró bien la gallina le dijo que era Taref (no kasher). Luego le preguntó cual era su situación económica y la señora le contestó que eran muy pobres y su marido se encontraba enfermo.
Viendo esto, el Rabí le dijo: Ve tranquila, el Todopoderoso te enviará salvación, tendrás otra gallina y otros bocadillos para tu marido y tus hijos; ahora vé a escuchar la Meguilá.
La mujer así lo hizo, y le Rabí se dirigió a su casa, y aprovechando que nadie se hallaba allí, sacó las comidas que la Rabanit había preparado para Purim, las envolvió en un mantel y se fue en busca de la casa de la pobre mujer.
Cuando entró a dejar todo en la mesa, oyó la voz del marido preguntando quién era, a lo que el Rabí contestó: Soy un simple judío que quiere cumplir con el precepto de "Mishloaj Manot" (envío de porciones de comida), y traje ricas comidas; cómanlas con gusto y bendigan al Creador.
Y mientras tanto en la Sinagoga la gente se preguntaba dónde estaría el Rabí pues ya era hora de comenzar a leer la Meguilá y aún no había llegado.
De pronto se abrió la puerta, entró Rabí Itzjak, y sin pronunciar palabra, comenzó con la lectura.
Los ancianos de esa misma generación contaron a sus hijos y nietos que la lectura de la Meguilá se hizo con una emoción fuera de lo común, y en el momento en que el Rabí llegó al versículo "Umatanot Laevionim", se encendió su santa cara y en ese momento toda la congregación se alegró enormemente.
Pero una gran sorpresa se llevó la Rabanit cuando llegó a su casa esa noche, porque se encontró con que nada tenía que servir. En un principio se asustó pensando que se trataba de un ladrón, pero cuando vio a Rabí Leví Itzjak pasearse alegremente cantando, entendió perfectamente quien había participado en ese "robo". El Rabí estaba alegre y una gran felicidad había en toda la ciudad de Berdichev.
De pronto, su ayudante se acercó con mucho respeto y le avisó que afuera había mujer que quería hacerle una consulta acerca de una gallina.
El Rabí, como si despertara de un largo sueño, se levantó inmediatamente y fue al encuentro de la mujer.
Cuando miró bien la gallina le dijo que era Taref (no kasher). Luego le preguntó cual era su situación económica y la señora le contestó que eran muy pobres y su marido se encontraba enfermo.
Viendo esto, el Rabí le dijo: Ve tranquila, el Todopoderoso te enviará salvación, tendrás otra gallina y otros bocadillos para tu marido y tus hijos; ahora vé a escuchar la Meguilá.
La mujer así lo hizo, y le Rabí se dirigió a su casa, y aprovechando que nadie se hallaba allí, sacó las comidas que la Rabanit había preparado para Purim, las envolvió en un mantel y se fue en busca de la casa de la pobre mujer.
Cuando entró a dejar todo en la mesa, oyó la voz del marido preguntando quién era, a lo que el Rabí contestó: Soy un simple judío que quiere cumplir con el precepto de "Mishloaj Manot" (envío de porciones de comida), y traje ricas comidas; cómanlas con gusto y bendigan al Creador.
Y mientras tanto en la Sinagoga la gente se preguntaba dónde estaría el Rabí pues ya era hora de comenzar a leer la Meguilá y aún no había llegado.
De pronto se abrió la puerta, entró Rabí Itzjak, y sin pronunciar palabra, comenzó con la lectura.
Los ancianos de esa misma generación contaron a sus hijos y nietos que la lectura de la Meguilá se hizo con una emoción fuera de lo común, y en el momento en que el Rabí llegó al versículo "Umatanot Laevionim", se encendió su santa cara y en ese momento toda la congregación se alegró enormemente.
Pero una gran sorpresa se llevó la Rabanit cuando llegó a su casa esa noche, porque se encontró con que nada tenía que servir. En un principio se asustó pensando que se trataba de un ladrón, pero cuando vio a Rabí Leví Itzjak pasearse alegremente cantando, entendió perfectamente quien había participado en ese "robo". El Rabí estaba alegre y una gran felicidad había en toda la ciudad de Berdichev.

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