Saúl Hernández - 2012/07/09Está muy preocupado y confundido el presidente Santos con el resultado adverso de las encuestas y ello lo ha llevado a cometer uno de sus peores errores en materia política: irse lanza en ristre contra el expresidente Álvaro Uribe, con la queja de que las “noticias negativas sobre Colombia, en el mundo, vienen de las Farc y de Uribe”.La andanada de Santos surge de un estudio que la Presidencia de la República contrató con la firma bogotana Global News Intelligence Latinoamérica, un estudio del que deberíamos conocer su costo, sus verdaderas motivaciones y los detalles técnicos, y que hace recordar la forma poco profesional como la Canciller trató de demostrar el supuesto éxito de la Cumbre de Cartagena, y justificar los más de 60.000 millones ‘invertidos’, comparando un mamotreto que —a decir suyo— contenía las noticias positivas que generó la cumbre, con un delgado folleto que contenía las negativas, cuando la verdad es que ese evento solo trascendió y solo se recordará por el affaire de miembros del Servicio Secreto de los EE. UU. con una prostituta.Pues bien, aquello es apenas una anécdota frente a la forma canalla como se ha querido divulgar este malhadado estudio pues Santos, otra vez, le mintió al país. No son las noticias negativas sobre Colombia lo que se analiza ahí sino las menciones negativas sobre el Gobierno colombiano, que son dos cosas muy distintas.
En ese
sentido, según la firma responsable, el análisis efectuado entre el 18
de abril y el 18 de junio, arrojó que el 40,2% de las declaraciones
críticas hacia el Gobierno de Colombia en prensa internacional
provinieron del expresidente Uribe, el 15,2% de Roméo Langlois y el
12,2% de las Farc. Nótese la desafortunada ‘coincidencia’ de que también
en este aspecto las Farc resultan exculpadas, tal y como ha venido
sucediendo en el actual gobierno, mientras Langlois, víctima de
secuestro —hasta donde sabemos— por parte de esa organización
terrorista, es señalado como un crítico de la administración de Santos.
Pero lo
más grave de todo es que el presidente Santos no solo mintió sobre el
objeto de estudio de este monitoreo de medios sino que trató de igualar
la actividad dialéctica del expresidente Uribe con el terrorismo de los
angelitos de las Farc, con la intención de mejorar su alicaída imagen
pisoteando la de Uribe, cuestión que no entraña ya el simple pecadillo
de mezclar peras con manzanas, sino algo realmente grave, injurioso y
calumnioso.
Mientras
las noticias que generan las guerrillas, como bien sabemos los
colombianos, son todas malas, de muerte y destrucción —bombas,
secuestros, asesinatos y cosas por el estilo—, las malas noticias que
estaría generando Uribe son las críticas que le hace a Santos. Críticas
que se hacen dentro del más riguroso respeto por los valores
democráticos; críticas que todos los ciudadanos tenemos el derecho de
formular; críticas que tienen por objeto mejorar, construir en vez de
destruir. Si, tal vez la ropa sucia se lava en casa pero es una
bellaquería creer que cosas tan disimiles son comparables.
El expresidente Uribe debió soportar las críticas acerbas de sus tres (ineptos) antecesores
sin que su popularidad se viera disminuida un ápice. Soportó también
las críticas destructivas de sectores políticos que parecen más afines
al terrorismo que a la democracia y salió igualmente airoso. Por eso es
una aberración que el presidente Santos crea que su caída en las
encuestas es fruto de la oposición de su antiguo mentor y no,
simplemente, del descontento que generan sus políticas.
Grave
error el de Santos, creer que Uribe es cosa del “pasado” y que se debe
arrumar en un trastero como un “mueble viejo” donde nadie pueda oír sus
opiniones. ¡Qué mal asesorado está el Señor Presidente! Contratar un
estudio veleidoso para saber no qué se dice de Colombia sino qué se dice
de él y luego usar esa información contra la figura más prominente de
la política colombiana es el mayor desatino que este jugador de póquer
ha cometido en estos casi dos años en la Casa de Nariño. ¡Ahora sí, se
le fueron las luces!
(Publicado en el periódico El Mundo, el 9 de julio de 2012)
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